* Los reclutan y ejecutan sin piedad, lamenta vocero de Siempre Vivos

Alondra García Lucatero

En Chilapa, la delincuencia organizada recluta y mata a los niños. La edad no es garantía para sobrevivir a la ciudad más violenta de América Latina.

Aquí matan a niños y adultos por igual. “No hay piedad”, asegura José Díaz Navarro, tío de un menor asesinado este año y vocero de Siempre Vivos, un colectivo dedicado a la búsqueda de personas desaparecidas por el narco.

“La violencia ha aumentado en número y crueldad. No distingue género, edad ni sexo”, comenta el activista en una extensa entrevista con El Sol de Chilpancingo.

Hace apenas dos meses, su sobrino Cristian de apenas 14 años fue levantado, torturado y asesinado. Los criminales lo interceptaron en la calle y lo subieron por la fuerza a un auto con vidrios polarizados.

Dos días después, Christian fue encontrado gravemente herido en una colonia al oriente de Chilpancingo. Tenía una bala en la cabeza y murió después en el hospital.

Junto a él, las autoridades encontraron el cadáver de Luis, un joven de 16 años originario de Xocomulco, una comunidad rural de Chilapa. También tenía el tiro de gracia.

No se trata del único caso. El 28 de abril, un grupo armado disparó contra tres menores de edad y una persona adulta en el Parque Recreativo Las Palmas, en la ciudad de Chilapa.

En el ataque murieron Francisco y Miguel, ambos de 17 años de edad. Sus cuerpos presentaban múltiples heridas de bala producidas por un rifle AK-47.

También resultaron lesionados Ricardo, de 16 años y Tomasa, de 34. 

En junio del año pasado, un grupo armado privó de la libertad a cuatro jóvenes de 15, 16 y 18 años que viajaban en un vehículo de transporte público. Días después del plagio, las autoridades localizaron el cuerpo desmembrado de Jesús, el mayor de todos.

Una de las víctimas regreso con vida a su casa. Los otros dos menores ya no aparecieron.

De acuerdo con el activista José Díaz Navarro, las ejecuciones de menores de edad se volvieron una constante en Chilapa.

“No les importa si son niños. Los matan a sangre fría”, advierte el vocero de Siempre Vivos mientras revuelve algunos papeles que tiene sobre el escritorio, con la intención de localizar alguna estadística sobre estos hechos.

Sin embargo, no hay datos. Hasta hace dos años, Siempre Vivos llevaba un recuento detallado de las personas asesinadas y desaparecidas por el narco.

Desde el año pasado, el registro dejó de hacerse. El colectivo ya no tiene oficinas y el acopio de información resulta casi imposible.

La casa de José Díaz Navarro, donde solían realizar esta labor, fue allanada por un grupo criminal que pretendía asesinarlo.

Desde entonces, él vive en la Ciudad de México y sólo visita Chilapa de manera ocasional y con un fuerte resguardo de la Policía Federal.

“Tengo una sentencia de muerte de Los Ardillos”, dice en referencia al grupo criminal que pelea por el control del territorio contra el cártel de Los Rojos.

Aunque no existe una estadística concreta, los casos de menores ejecutados por la delincuencia organizada aparecen con frecuencia en los medios de comunicación.

“No lo digo yo, ahí están los hechos”, señala Díaz Navarro.

El motivo, dijo, es que los grupos criminales están reclutando a los niños en las escuelas de Chilapa.

Según las cifras del Coneval, el 48.2 por ciento de los habitantes de Chilapa viven en pobreza extrema.

Donde escasea el dinero para asegurar lo básico: comida, salud y educación, la oferta laboral del narco resulta, por lo menos, tentadora.

A tal grado llega la pobreza, que son los padres de familia quienes enrolan a sus hijos en la actividad criminal.

De acuerdo con José Díaz Navarro, los niños se inician como informantes criminales desde que están en el jardín de niños o en la primaria. 

“Los papás les piden a sus niños que informen cuando pasa la policía, cuando pasa el Ejército. Los niños ya saben, incluso avisan por teléfono, hablan a su familia y les dicen ‘ya vienen’, ‘ya se van’. (El halconaje) se está volviendo algo cultural, un hábito, el dar información a diferentes personas. Y más si reciben alguna propina, alguna motivación. Entonces lo hacen con mayor interés y no miden las consecuencias”, comenta el activista.

A la pobreza se suman otros factores que incitan a los menores a integrarse, poco a poco, en las filas del narco.

Uno de ellos, según Díaz Navarro, es la falta de investigación y aplicación de la justicia.

“El gobierno no está atendiendo esta situación. Los niños, los jóvenes, ven esta opción de integrarse a las filas de la delincuencia porque ninguna autoridad investiga, nadie sanciona. Pueden andar libremente. Libremente pueden matar, robar, extorsionar. No tienen que cuidarse de la autoridad, sólo de las bandas contrarias”, expone el vocero de Siempre Vivos.

Además, dice, los grupos del crimen organizado tienen recursos suficientes para “tener gente capacitada” operando entre sus filas, que a su vez capacita a los jóvenes que reclutan.

“La delincuencia va un paso delante de las autoridades. Tienen buena estructura, mucho dinero que consiguen por los secuestros, la droga, las extorsiones”, asevera el líder social.

Sin embargo, señala que no todos los menores asesinados han tenido vínculos con la actividad criminal.

El ejemplo más memorable, quizá, es el asesinato de una mujer y sus dos hijos: un bebé de un año y una niña de siete. Fueron acribillados con rifles AK-47.

El crimen se perpetró en la comunidad de Tetitlán de las Limas, Chilapa, en noviembre de 2015. La causa: ser familiares de un ex jefe policiaco del municipio.

Para el líder de Siempre Vivos,  el recrudecimiento de la violencia en Chilapa tiene una causa: “Los Ardillos ya tomaron el control” del municipio.

“Están dando el mensaje de que ahora ellos son los jefes, de que ellos mandan, que ahora son ellos los que decapitan, descuartizan. Ya ni siquiera se toman el tiempo para esconder los cuerpos, al contrario, los exponen. Quieren dejar bien claro que ellos mandan, que ellos están operando, que ya están afincados y totalmente posicionados de Chilapa”, asevera

Su crueldad, dice, “no distingue género, edad, sexo ni etnia”. Lo único seguro en Chilapa, insiste, es que hay violencia e impunidad. 

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