Era madre de uno los 43 desaparecidos la noche del 26 de septiembre de 2014

 Poco antes de las cuatro de la tarde del lunes 5 de febrero, el modesto féretro con el cuerpo de Minerva Bello Guerrero abandonó para siempre su vivienda en la comunidad de Omeapa, ahí, donde esperó a su hijo Everardo Rodríguez Bello durante casi 41 meses.

La señora Minerva fue de las primeras que se movilizaron hacia Iguala de la Independencia después de los ataques de la noche del 26 de septiembre de 2014, cuando se le perdió la pista a los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa.

Ella y su marido, Francisco Rodríguez fueron integrantes activos del movimiento encaminado a recuperar a los jóvenes alumnos de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos.

Marcharon en Chilpancingo, Iguala, la Ciudad de Mexico y desde luego, la cabecera municipal de Tixtla, en donde siempre insistieron en que los muchachos debían ser entregados con vida, tal y como se los llevaron los integrantes de Guerreros Unidos (GU), supuestamente coaligados con policías preventivos de Iguala, Huitzuco y de Cocula:

Siempre puso en tela de juicio las investigaciones de la Procuraduría General de la República (PGR) y respaldó a la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) y al Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI).

Fue la permanencia en el movimiento, así como el trato que le daba a los jóvenes, lo que propicio que estos se identificaran con ella, de tal suerte que le adjudicaron el sobrenombre de “La tía Minerva”.

Con el paso del tiempo, la salud de la mujer se deterioró, pues se le agudizó un padecimiento de cáncer que arrastraba mucho antes de que su hijo fuera declarado como desaparecido.

Poco a poco se alejó de las movilizaciones, hasta que por el avance de la enfermedad ya no pudo salir de su casa.

Mientras su esposo Francisco Rodriguez se encargó de estar presente en las reuniones y protestas, ella se quedó en  s pequeña casa, una construcción con piso de tierra y techo de lámina, en la que hasta el último aliento esperó a su hijo.

Felipe de la Cruz, vocero del colectivo Nos faltan 43, reconoce que doña Minerva siempre fue de una complexión muy delgada, pero sostiene que fue la ausencia de resultados lo que le carcomió aceleradamente la salud.

El vocero de los padres asegura que la madre de familia no quería morir, que tenía el anhelo de recuperar a su hijo y de verlo continuar sus estudios profesionales.

 Las mujeres de lucha nunca mueren

 La casa de la familia Rodríguez Bello está resguardada por una pared de ramas, su patio se mantiene permanentemente fresco por la presencia de árboles de buen tamaño, en los que Everardo jugueteó desde su infancia hasta convertirse en un joven con el sueño de cambiar su realidad con base al estudio.

Por eso pidió permiso y sus papás aceptaron que buscara el ingreso a la Normal Rural de Ayotzinapa, lo que consiguió sin problemas.

La calle de terracería y el patio de la vivienda se habilitó para recibir a los familiares, amigos y vecinos que acompañaron el duelo.

En el centro del pequeño hogar se colocó la tumba de pino forrada con tela color café, las mujeres rezaron en una habitación iluminada por veladoras y cirios, hasta ahí llegaron todos aquellos que quisieron manifestar su solidaridad.

Sus sobrinos adoptivos, los estudiantes de la Normal Rural le llevaron una corona con la leyenda siguiente: “Las mujeres que luchan nunca mueren”.

Ellos mismos cargaron la caja desde su vivienda hacia la iglesia del pueblo, donde se realizó una misa de cuerpo presente, después la  trasladaron hacia su última morada.

Omeapa no tiene más de mil habitantes, la mayor parte de ellos se congregó en las estrechas calles para acompañar el duelo.

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