La Revolución Cultural china o el poder del partido único.

Comparto la tesis de que México necesita dar el salto quántico del S XXI, al igual que lo hizo en el S. XIX y XX. La disputa actual es sobre qué tipo de cambios son los que más requiere nuestro país: si continuar profundizando la hegemonía del mercado, lo cual ya nos demostró hasta donde y cómo puede darse, (pérdida de soberanía, corrupción, dominio de las transnacionales, abandono de la industria y el campo, dependencia financiera y alimentaria, incremento de la pobreza, privatización de los servicios públicos, etc., etc.) o bien, recuperar los principios y las luchas que nos fueron forjando como nación, (independencia, soberanía, desarrollo económico y social, cultura campesina en vías de industrializarse, respeto en el concierto de las naciones, fortalecimiento de nuestras raíces culturales, abatimiento de la pobreza y creación de instituciones educativas, de salud, servicios públicos de calidad, por mencionar algunos, seguridad, empleo y demás).
También comparto que en la actualidad la lucha por el dominio del modelo económico y por el modelo de desarrollo a seguir, está en los medios, en los grandes medios y que en esto no existen fronteras ni diversidad de idiomas como algo definitivo, sino que son los símbolos, los valores familiares y la dignidad como expresión de una identidad propia, lo que se impone en el transcurso de la disputa.
Es en este contexto, en donde ubico el título de la actual colaboración. Necesitamos una revolución, pero será cultural y necesitamos recuperar la fuerza política que nos ha identificado más en los últimos 70 años y que atraviesa a todas las fuerzas y partidos políticos que aparecen y desaparecen en nuestro paisaje electoral e ideológico. Me refiero, aunque no quiera, a la fuerza del partido tricolor.
Dicho lo anterior y a manera de inicio de una reflexión más sistematizada, más profunda y con impactos demostrables, propongo el tema de la Revolución cultural china, no es demérito de lo que han hecho los japoneses, los coreanos, países como Brasil u otros de los países latinoamericanos, es solamente para provocar la búsqueda y la reflexión.
A principios de la década de los 60, Mao, el gran líder, perdió poder y abandonó el centro político del país para dirigirse a Shanghái y consolidar allí su influencia. No puedo lanzar un ataque directo al Comité Central del partido, dominado por Liu Shaoqi y sus aliados, así que trató de golpearlo con la ayuda de granjeros, trabajadores y estudiantes. El conocido como “gran salto adelante”, que tuvo lugar entre 1958 y 1961, reformó los sectores agrícola e industrial con consecuencias catastróficas y millones de muertes. Así pues, el ataque tenía que ocurrir a través de la cultura, especialmente la literatura y los periódicos.
Después de que Mao y sus aliados publicaran su propaganda preparatoria, el golpe decisivo tuvo lugar durante la “sesión expandida” del Politburó en mayo de 1966. Mao excluyó del círculo interno del poder a gran parte de quienes apoyaban a Liu y lanzó una campaña contra los “revisionistas” del partido, contra el Gobierno, el Ejército y el sector cultural. Mao se las arregló para eliminar a sus rivales políticos en agosto de 1966 y pudo regresar a Pekín.
La finalidad, era crear una “persona nueva”. Según el sinólogo Oskar Weggel, esta “nueva persona” sería un “ser altruista dentro de una sociedad libre de dominación, que haya vagado como un fantasma a través de las utopías humanas”. Para alcanzar su objetivo, llamó a la destrucción de los “Cuatro Viejos”: pensamiento, cultura, costumbres y tradiciones. Las ideas del propio Zedong reemplazarían a los “Cuatro Viejos”. Mao también hizo un llamado a neutralizar los elementos “contrarrevolucionarios” y revisionistas del partido, encarnados en la figura de su rival Liu Shaoqu, quien unos pocos años antes lo había sustituido en la presidencia de la República Popular de China. La Revolución Cultural supuso, por tanto, una lucha de poder en el seno del liderazgo del Partido Comunista. En el terreno económico, Liu se inclinaba más hacia el impulso del mercado, mientras que, políticamente, estaba a favor de la disciplina en el partido. Para Mao, cualquier incentivo a la riqueza era anatema.
Cincuenta años después de la Revolución Cultural de China, Deutsche Welle (los lectores conocen a la radio alemana) recuerda las claves de aquel movimiento y su impacto en la política y la sociedad del país.
Comenzó con el alzamiento de los estudiantes de enseñanzas medias y universitarios, que formaron grupos paramilitares llamados “Guardia Roja” para promover la lucha contra los “Cuatro viejos”. Profesores y académicos fueron obligados a confesar sus “crímenes”. Tanto sus viviendas, como bibliotecas y templos fueron registrados. Se ejecutó a aquellos que fueron acusados de “revisionismo”. Pronto, gran parte de la población urbana se unió a la revolución. Esta vez, el objetivo fueron los funcionarios del partido. China se sumió en el caos. La mitad del Politburó y del Comité Central perdió su trabajo, así como la mitad de los secretarios del partido. El sistema de gobierno colapsó. Hubo sangrientos enfrentamientos entre facciones de la propia Guardia Roja, convencida cada una de ellas de seguir la verdadera doctrina. Con la Revolución Cultural fuera de control, Mao activó el Ejército del Pueblo, que dirigía su aliado, Lin Biao.
El Ejército había permanecido hasta ese momento relativamente neutral. Hacia 1968, tomó control de la mayor parte del país. Los miembros de la Guardia Roja que se resistieron a ser sometidos, fueron enviados fuera del país para su reeducación o ejecutados. La disciplina militar se impuso. En 1969, comenzó la restauración del aparato del partido, pero el Ejército de Lin Biao se resistía a abandonar su estatus. Lin Biao planeó supuestamente el asesinato de Mao como parte del actualmente conocido como “Proyecto 571”, pero el plan fracasó. En 1971, Lin Biao murió en un accidente de avión sobre Mongolia y las circunstancias del siniestro aún no están esclarecidas.
Incluso después de que se reinstaurara el gobierno del partido, una cierta calma no llegó a China hasta 1976. La llamada “Banda de los Cuatro”, entre quienes se encontraba la esposa de Mao, trataba de asegurar su posición contra los nuevos hombres fuertes, como Deng Xiaoping, e imponer una línea radical. Pero sus esfuerzos fracasaron de forma definitiva tras la muerte de Mao en septiembre de 1976.
La “biblia” de Mao eran en realidad “Citas del líder Mao Zedong”. Lin Biao compiló los textos, discursos y citas de Mao durante el “Gran salto adelante”. Cada revolucionario debía tener siempre consigo una copia. Los miembros de la Guardia Roja se saludaban unos a otros con citas del libro, del que se publicaron un billón de ejemplares.
Desde el principio, el movimiento implicaba una contradicción inherente que era imposible de resolver. Mao quería ser el líder más revolucionario y eliminar las jerarquías, pero, al mismo tiempo, deseaba tener el control total. Cuando esta contradicción también se hizo evidente en las disputas de las distintas facciones de la Guardia Roja, Mao introdujo al Ejército para restaurar el orden. El sueño de la “nueva persona” fue enterrado y en su lugar se alzó el poder que “emanaba de las armas”. Emergió un nuevo partido leninista con sus estructuras jerárquicas y burocráticas. Tras su muerte, muchos opositores de Mao reconquistaron poder, incluyendo Deng Xiaoping, quien condujo a la nueva era de China con sus reformas económicas.
A día de hoy, se estima que fueron asesinadas alrededor de un millón y medio de personas, la mayoría durante la “limpieza” del Ejército del Pueblo, que no escatimó violencia para restaurar el orden. Uno de los efectos positivos fue la introducción de un rudimentario sistema de salud en las áreas rurales.
En 1981, la “Banda de los Cuatro” fue juzgada por orden de Xiaoping y se proclamó la Revolución Cultural como “gran catástrofe para el partido y el pueblo”. La línea oficial del partido hoy día es que Mao “tenía razón en un 70 por ciento y estaba equivocado en un 30”. China ha dejado atrás la idea de Mao de revolución permanente. El partido tiene una estructura estrictamente jerárquica y detenta el monopolio del poder.
Su fracaso sirvió para desacreditar la idea del socialismo en la mente de muchos chinos, lo que abrió el camino para el desarrollo del capitalismo, aunque conservando el Estado su función planificadora bajo la dirección del Partido Comunista. El caso es que hoy es la segunda economía mundial, en contraste con la corrupción, injusticias y desigualdades que padece la actual sociedad china.

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