Se cumplen cuatro años de los ataques cometidos la noche del 26 de septiembre de 2014, en Iguala de la Independencia

El gobierno federal de Enrique Peña Nieto se alista para culminar su periodo de Ejercicio Constitucional sin resolver la investigación relacionada con la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, tras los ataques registrados durante la noche del 26 de septiembre de 2014, en Iguala de la Independencia.

Este miércoles 26, se cumplirán cuatro años de ocurridos los hechos que marcaron el inicio del movimiento social que marcó de incertidumbre, inconformidad y agitación social a la administración presidencial de Enrique Peña Nieto.

Los hechos se registraron cuando el gobierno estatal se encontraba en manos del PRD, con Ángel Aguirre Rivero y el municipio lo encabezaba el mismo instituto político, con el empresario José Luis Abarca Velázquez como jefe de cabildo.

La noche del 26 de septiembre involucra no solo el asesinato de tres estudiantes Normalistas, entre ellos Julio César Mondragón Fontes, el joven sometido a tortura, desollado y tirado en las inmediaciones de la zona industrial del Iguala.

Esa noche también fueron atacados los jugadores del equipo de futbol soccer de tercera división “Avispones de Chilpancingo”, que perdieron al jugador David Josué García Evangelista, alias “El Zurdito” y al chofer de la unidad en que se trasladaban, Víctor Manuel Lugo Ortiz.

Los avispones intentaban regresar hacia la capital del estado después de jugar un partido contra su similar de Iguala, desconocían lo que pasaba dentro de la ciudad cuando fueron interceptados en las inmediaciones de Santa Teresa, ya sobre la carretera federal.

El autobús de los deportistas fue atacado con rifles de alto poder, sus cristales destrozados y ante el impacto de las balas el conductor Lugo Ortiz perdió el control de la unidad. Mientras los jugadores se agazapaban para tratar de colocarse a salvo, parte del cuerpo técnico vio como al conductor y al zurdito se les escapaba la vida, ante una petición de ayuda que nunca recibió la respuesta requerida.

Jorge León, uno de los responsables de la formación física de los futbolistas recuerda como tras recibir un balazo en la mano, se acercó a la puerta de la unidad, la cual un sicario del GU pretendía “reventar” a balazos para ingresar a consumar una masacre.

“Les grité que los que estaban adentro eran jugadores, que no tenían nada que ver con grupos de estudiantes, no me creyeron al principio, pero entonces les dije que si querían les pasaba unos uniformes para que lo comprobaran, afortunadamente aceptaron”.

El pistolero aceptó la prueba, después de verificar se dirigió a sus compañeros gritando para informarles que esos no eran los que buscaban, que la habían “cagado” y en seguida se retiraron.

Casi en forma simultánea, un grupo de normalistas que intentaba salir de Iguala a bordo de un autobús estrella de oro fue interceptado a la altura del Palacio de Justicia de Iguala, los jóvenes fueron bajados de la unidad, golpeados y entregados a un grupo elementos de la Policía Preventiva de Huitzuco de los Figueroa, quienes se los llevaron con la intención de entregarlos a un capo del crimen organizado al que se refirieron como “El Patrón”, según el informe que en su momento presentó la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH).

La toma de autobuses

La mañana del viernes 26, los estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa intentaron apoderarse de autobuses del servicio público en la zona de terminales de Estrella de Oro y Estrella Blanca, en la parte norte de Chilpancingo, pero las autoridades movilizaron a la policía antimotines y fueron replegados.  

Varios medios de comunicación consignaron notas informativas que se publicaron el sábado 27, en las que se observa unidades con los cristales rotos paradas sobre las lateral del bulevar Vicente Guerrero, buscando la salida hacia Tierras Prietas.

De acuerdo con varios trabajos de investigación, se sabe que los normalistas tenían la consigna de obtener por lo menos una decena de autobuses para movilizar a contingentes de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM) a la Ciudad de México, con la intención de participar a la marcha del 2 de octubre, en conmemoración con la masacre de estudiantes registrada el 2 de octubre de 1968 en la plaza de la Tres Culturas de Tlatelolco.

Esa intervención de los antimotines fue lo que propició que ante el fracaso registrado en Chilpancingo, los dirigentes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos buscaran la opción de la ciudad de Iguala de la Independencia.

Ajenos al calendario electoral, los estudiantes desconocían que esa noche de viernes, el alcalde José Luis Abarca Velázquez había dispuesto lo necesario para que un inusual informe de labores de su esposa, María de los Ángeles Pineda Villa como presidenta del DIF Municipal derivara en un destape como precandidata del PRD a la alcaldía de Iguala.

Desde hacía tiempo se conocía la relación que la denominada “pareja imperial”, integrada por José Luis Abarca y su esposa tenían con el grupo delictivo conocido como Guerreros Unidos, los que para ese tiempo ejercían un control casi absoluto de la región Norte del estado, teniendo como principal base de operaciones Iguala.

La llegada de los estudiantes a Iguala tenía relación con su interés de obtener los autobuses para la movilización del 2 de octubre, no con la pretensión de boicotear el destape de la primera dama del municipio.

Los normalistas desconocían también que de la central de autobuses de referencia, estaba listo para salir con destino a los Estados Unidos un autobús cargado de droga comercializada por el GU.

También desconocían que horas antes de su llegada, en las instalaciones del C-4 de Iguala se había realizado una reunión entre mandos de la Policía del Estado y del Ejército Mexicano, la cual fue revelada recientemente por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), cuyo mecanismo de seguimiento dejó en el aire una interrogante que hasta el momento no tiene respuesta: ¿Qué fue lo que policías y militares coordinaron desde el C-4  de Iguala?

La noche del 26 de septiembre, luego de dos ataques a balazos, un grupo de normalistas tomaron a tres de sus compañeros heridos y los llevaron a una clínica particular para que los atendieran, pero la petición fue denegada por la intervención de elementos del Ejército Mexicano.

Un grupo de padres de “Los Avispones de Chilpancingo” acudió a la sede del 27 batallón de infantería para pedir auxilio ante los ataques sufridos en Santa Teresa, la respuesta que recibieron fue en el sentido de que los elementos no podían moverse a menos que existiera una orden directa de sus mandos superiores.

La orden de auxilio nunca llegó.

Esa noche un grupo de reporteros viajó desde Chilpancingo para recuperar parte de la información generada, ya que sus compañeros de Iguala se habían resguardado en sus casas, debido a que fueron atacados a balazos en el momento en que tomaban los testimonios de los estudiantes.

Lo que se encontraron primero fue al autobús de Los Avispones recostado sobre la carretera, con algunos padres buscando a jugadores que intentaron escapar corriendo hacia el cerro mientras que otros denunciaban que pese a llamar al C-4 para pedir auxilio, ahí les negaron el apoyo haciéndoles cuestionamientos absurdos, con la clara consigna de entorpecer la comunicación.

“Nos pedían las coordenadas de nuestra ubicación, nos decían que como era la zona en donde estábamos, si seguían aquí los agresores, cuando es muy fácil llegar desde Iguala hacia Santa Teresa”.

En la entrada a la cabecera municipal la Policía Preventiva se mantenía en control del acceso, no disimularon su molestia cuando ingresaron dos camionetas con reporteros a bordo y tras ellos un autobús con maestros disidentes que acudieron al auxilio de los estudiantes.

Vino luego la ubicación de los dos primeros cadáveres, la localización de los sobrevivientes y la búsqueda de los que corrieron para salvarse de las balas disparadas por sicarios del GU.

Se tuvo como punto de concentración la agencia del MP de Iguala, lugar al que poco a poco llegaron los normalistas, uno a uno y en pequeños grupos, en un prolongado y doloroso recuento que termino con una frase acuñada en todo el mundo: “nos faltan 43”.  

  

               

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