Rubicel, testimonio de una niña desplazada

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Durante un mes dejó de consumir alimentos, solamente aceptaba pequeñas cantidades de agua

Rubicel tiene siete años, su mirada es tímida, la voz apenas se le escucha y su cuerpo excesivamente delgado confirma lo que sus palabras dicen: que durante un mes dejó de comer a causa del miedo.
Ella es una de 83 niños desplazados que permanecen refugiados en la cabecera municipal de Leonardo Bravo.

En noviembre de 2018, sus padres decidieron salir de Los Morros, comunidad ubicada en el corredor que actualmente controla el Frente de Policías Comunitarios del Estado de Guerrero (FPCEG), grupo de civiles armados que a punta de bala tomaron el control de lo que ahora se conoce como “El corredor de la muerte”.

La decisión no fue inmediata, primero escucharon a la distancia miles de balazos que se detonaron en Filo de Caballos, durante la prolongada jornada del domingo 11 de noviembre.

Después se enteraron de que muchos de sus pobladores escaparon caminando por brechas de terracería y abriéndose paso entre el monte.

“Dicen que van a venir para acá”, decía con preocupación el padre de la pequeña Rubicel a su mamá, una mujer de 40 años que trataba de aminorar la tensión en la familia.

“No van a llegar y aunque lo hicieran, nosotros no le debemos nada a nadie”, respondía la señora mientras alentaba a su marido a sembrar rábanos y maíz.

Hasta ese momento tenían bajo su propiedad una modesta cabaña de madera, con pocos muebles pero suficientes para vivir bien, tenían televisión y una despensa regularmente surtida.

En esa vivienda Rubicel esperaba pasar la infancia en compañía de dos hermanos y sus padres, la propiedad se ubicaba en la parte baja de la comunidad de Los Morros, de donde es originario el alcalde Ismael Cástulo Guzmán.

Hacía tiempo que la amapola ya no era una opción para vivir, los padres de Rubicel decidieron cambiar hacia las hortalizas y vender aunque fuera manojos de cinco pesos, eso les permitía obtener un pequeño ingreso y mantener a sus tres hijos.

¿Nos dará tiempo?

Se cuestionaba el padre mientras en la comunidad crecía el rumor de que los civiles armados llegarían hasta el pueblo.

Una semana después del 11 de noviembre, los hombres armados y sus aliados ya estaban en Campo de Aviación, a menos de diez minutos de la casa de Rubicel y su familia.

El temor crecía, pero la esperanza de que los invasores se detendrían o serían contenidos por las autoridades los mantenía aferrados al pueblo.

Aunque en la zona había policías estatales y militares, no tuvieron la fuerza suficiente para detener a los civiles armados.

Lo que se quedó en la Sierra

La casa de la que Rubicel, sus padres y sus hermanos fueron expulsados se localiza en la parte baja de Los Morros, criaban dos chivos y por lo menos sesenta pollos, eso les garantizaba una alimentación basada en huevos y en ocasiones muy especiales con carne.

Actualmente viven hacinados en una pequeña vivienda arrumbada cerca de la Unidad Deportiva de Chichihualco.

Se trata de una construcción provisional, con techo, paredes y piso de material sintético, en las que el calor es intenso durante casi todo el día.

El papá suele alquilarse de peón, cuando consigue algún “jale” se va todo el día, al regresar solamente lleva 60 pesos que representan la paga obtenida por limpiar algún terreno, ayudar en alguna construcción o hacer mandados.

“Cuando avanzaron hacia Campo de Aviación escuchamos los balazos, tronaban fuerte y los niños se espantaban, nosotros les decíamos que no se preocuparan, que eran cohetes y que seguramente había la fiesta de algún santito”, recuerda la madre de familia.

Mientras la mamá relata un poco lo vivido hace seis meses atrás, recorre con la mirada la pequeña habitación buscando algo comestible para preparar a sus hijos.

Sobre un pequeño refrigerador descansan tres vasos de unicel con sopa instantánea, la mujer sonrojada reconoce que no es el alimento más adecuado, pero es parte de las donaciones que llegaron al refugio y últimamente los niños les tomaron gusto.

En el piso se pueden observar algunas latas de sardina, ella comenta que los niños ya no la quieren, pues su consumo ha sido recurrente desde que salieron de la comunidad.

Los niños esperan impacientes a que la mujer resuelva cual será el alimento del día.

El varoncito juega con un patín del diablo que le regalaron cuando estuvo en el campamento frente a Palacio Nacional, en la Ciudad de México, Rubicel y su hermana intentan descansar en las colchonetas que les regaló la Secretaría de Protección Civil.

La madre de familia acomoda la poca fruta que sobrevive en una mesa de plástico que permanece en el centro de la casita, mientras refiere que la batalla más cruenta fue la que se registró en Los Morros.

Los ojos se agrandan mientras evoca el recuerdo de lo sucedido, cuando los civiles armados avanzaban disparando sobre la y utilizando cualquier vehículo estacionado, pared o montículo de tierra como parapeto.

“No eran seis o siete, eran miles, muchos de ellos muchachitos flaquitos con tremendas armas, vimos como disparaban de uno y de otro lado y entonces nos convencimos de que ellos no iban a preguntar quienes eran inocentes, tuvimos miedo y decidimos salir”.

Rubicel, sus hermanos y sus padres salieron de Los Morros alrededor de las cuatro de la mañana de un domingo, caminaron en la oscuridad y entre el monte para evitar ser vistos. Para las ocho de la mañana estaban en El Naranjo, pueblo que está a la mitad del camino para llegar hasta Chichihualco, donde finalmente encontraron refugio.

Cuando llegaron al auditorio municipal, donde ya se resguardaban cientos de personas, de inmediato se hermanaron con ellos por un factor común, el miedo.

De golpe perdió el apetito

“Allá las casas me daban miedo y no me dejaban comer, en las barrancas se escuchaban las balaceras y yo estaba con mi hermana, mi hermana me decía vamos a jugar y yo le dije que sí pero no iba, no tenía ganas”, dice la pequeña con voz apenas audible.

En la breve charla, la niña de siete años asegura que vio como le “reventaban la cabeza” a varias personas.

Resulta indispensable preguntar si ella miró directamente lo sucedido, ella niega moviendo la cabeza de un extremo hacia el otro.

Cuando se le insiste, con palabras apenas perceptibles respondió: “Lo vi en el face”.

Lo que sucedió, es que un familiar acercó a Rubicel la pantalla de un celular con un video en reproducción sobre lo sucedido durante las balaceras, en él se observa el momento en que varios hombres son asesinados por sus captores.

En la pequeña casa hay un muñeco tirado, Rubicel lo mira con desinterés, pero al entrar en confianza nos dice que extraña sus juguetes, los que se quedaron en la comunidad que tuvo que abandonar durante la madrugada.

Una mueca le distorsiona el rostro, en los labios se dibuja una curvatura que delata nostalgia y pese a que mantiene la esperanza de regresar a casa y encontrarla tal y cual la dejó, también da por hecho algo que constantemente repiten los adultos que la rodean: “Seguramente ya no hay nada, a lo mejor esas personas ya se robaron todo”.

Cuando se termina la charla, Rubicel confiesa que ya recuperó un poco el apetito pero que el miedo no cede, solamente le permite comer una tortilla por cada plato de alimento que su madre pone en la mesa.

La mamá toma con aliento el consumo de esa pequeña porción de alimento, pues sostiene que durante un largo mes, Rubicel rechazó todo lo que se le ofrecía, únicamente aceptaba pequeñas cantidades de agua.

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