Retienen a delegado del Gobierno federal en la Tierra Caliente de Guerrero

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Andrés Nieto nunca consiguió que su jefe, Pablo Amilcar Sandoval le tomara una llamada
Andrés Nieto Cuevas se encontró prisionero a las 1:20 de la tarde. Minutos antes, varios campesinos habían propuesto a gritos que lo lincharan, pero sólo quedó en el amago.
Desde el miércoles, decenas de campesinos tomaron la bodega de distribución del fertilizante que se ubica en la cabecera municipal de San Miguel Totolapan.
El profesor Andrés Nieto llegó este jueves a dialogar con ellos, en su calidad de delegado del gobierno federal en la región Tierra Caliente.
Era la 1:30 de la tarde cuando pisó la cancha de básquetbol en la que estaban concentrados unos 600 campesinos.
«Vengo a pedirles un poco de paciencia», expresó a través de un micrófono que le facilitaron los manifestantes.
Ante la mirada incrédula de los productores de maíz, Nieto Cuevas comenzó a hablar sobre programas de Bienestar del gobierno federal que no tenían relación con la demanda de fertilizante.
«A los adultos mayores se les está cumpliendo, a la sierra se le está cumpliendo, a los discapacitados se les está entregando el apoyo», expuso el delegado regional con una voz pausada que de a ratos se antojaba timorata.
«¡Eso no nos interesa!, ¡a nosotros nos interesa el fertilizante», le respondieron a gritos los campesinos.
Pero el delegado regional siguió la misma línea discursiva en un intento por destacar los logros del gobierno federal.
«Tenemos también el apoyo a los jóvenes, a los estudiantes», continuó sin hacer caso a los reclamos.
«¡Fertilizante!, ¡queremos fertilizante!», gritaron más fuerte los campesinos, ya con los ánimos encendidos.
«¡Sí, miren, ahí ya está», les respondió Nieto Cuevas mientras señalaba con el dedo la bodega de distribución, la cual se encontraba cerrada con cadena y candado.
Entonces, los campesinos le reclamaron que a pesar de estar a mediados de junio, el fertilizante siga guardado.
Peor aún, le reprocharon que la lista de beneficiarios se haya reducido a menos de la mitad.
Nieto Cuevas trató de deslindarse.
«Fue el padrón que nos dio el gobierno municipal», les dijo.
«¡Es mentira!», le gritaron los productores. Le recordaron que el gobierno federal atrajo el programa en su totalidad y dejó fuera de la operatividad a los ayuntamientos.
«¡Las lluvias ya se están pasando!», reprochó un anciano mientras caía una ligera llovizna.
El delegado regional comenzó a tartamudear. Micrófono en mano, argumentó que el fertilizante aún no llegaba en su totalidad.
«No queremos darles pedacera», justificó.
Los reclamos siguieron. Los gritos crecieron. El círculo alrededor de Andrés Nieto Cuevas comenzó a cerrarse. El funcionario quedó preso en una barrera humana.
Una vez más, el delegado regional trató de hablar. Pero esta vez, un comisario lo calló.
«La gente esperaba otro tipo de respuesta por parte del gobierno. Lo que usted nos viene a decir, la verdad en nada resuelve el problema tan grave que tenemos. Nosotros queremos escuchar alternativas», expuso el dirigente.
Le señaló que algunas comunidades de la sierra se ubican a 12 horas de camino de la cabecera municipal. En esos lugares ya no podrá llegar el fertilizante porque los caminos se volvieron inaccesibles.
«¡Hay que llevarlo al puto pa’ que vea como están los caminos!», propuso a gritos un campesino.
El siguiente al habla fue el alcalde perredista Juan Mendoza Acosta.
De entrada, le reprochó al delegado federal que lo haya culpado por el recorte al padrón de beneficiarios.
«Usted dice que el padrón (de beneficiarios) lo diseñé yo. Eso es mentira, se lo digo. El padrón lo diseñaron los siervos de la nación», le señaló.
«¡Es mentira!, ¡es mentira!», gritaron los productores en respaldo al alcalde.
Subrayó que el año pasado hubo un padrón de 9 mil 215 beneficiarios, todos con dos hectáreas registradas.
«En esta ocasión yo no tengo nada que ver, yo no tengo nada que ver con esto», insistió Mendoza Costa.
El edil perredista culpó a los servidores de la nación por las complicaciones en la entrega del programa de fertilizante.
«Ellos provocaron este problema. Iban e ilusionaban a la gente cuando llegan a los pueblos y les decían: no se preocupen, hay fertilizante para todos. Hoy resulta lo contrario», expuso.
Otro comisario tomó el micrófono. Señaló que este año resultaron beneficiados 4 mil 114 campesinos en el programa de fertilizante. Es decir, 5 mil 101 productores menos que el año pasado.
Sin embargo, dijo que sólo se conoce el número, pero no la lista con los nombres de los campesinos beneficiados.
«¿Por qué nos esconde esa información el gobierno?, ¿por qué no le habla de frente a los campesinos?, ¿qué van a hacer con el resto que no están empadronados?», le cuestionó al delegado, quien ya le resultaba imposible esconder su estrés y su nerviosismo. El cuerpo le temblaba de manera incontrolable.
Aún así, el delegado regional Andrés Nieto Cuevas tomó el micrófono. «Bueno», dijo y no alcanzó a terminar la frase. Un suspiro salió de su boca y se escuchó a todo volumen en la bocina.
«¡No se raje!», le gritaron los manifestantes.
«Miren, esa es estrategia del gobierno federal», les dijo.
Ya no pudo continuar. Otro comisario levantó la voz por el micrófono y cristalizó tres propuestas concretas: que el gobierno federal distribuya el fertilizante con la lista de beneficiarios del año pasado, que se entregue la misma cantidad del insumo a cada productor y que se respete la calidad del producto, ya que el Sulfamín es menos efectivo.
«Ustedes nos van a marcar la pauta a donde quieran que lleguemos… ¡Y vamos a llegar!», arengó el comisario.
«¡Sí!», gritaron enardecidos los campesinos.
Otro comisario tomó el micrófono y le exigió a Andrés Nieto Cuevas que llamara por teléfono a Pablo Amílcar Sandoval Ballesteros, coordinador general del gobierno federal en el estado.
«¡Que de la cara!, ¡haz la llamada aquí frente a todos, frente a toda esta campesinada que está presente y ponle el altavoz, queremos escucharlo que hable», demandó aquel hombre de sombrero calentano.
Nieto Cuevas comenzó a llamar desde su celular. Una llamada, dos, tres, cuatro. Llevaba el teléfono a su oído, después de unos segundos lo bajaba, volvía a marcar, otra vez lo llevaba a su oído. Colgaba, volvía a llamar. Nadie le contestó.
Mientras, una mujer con chaleco de Servidor de la Nación tomó el micrófono para tratar de calmar los ánimos.
Sin embargo, lo único que logró fue enardecer más a los productores de maíz.
De entrada, afirmó que los servidores de la nación «no metieron las manos para nada» en el empadronamiento del programa de fertilizante gratuito.
«Nosotros nos hicimos a un lado, no registramos a los campesinos», les dijo.
Desde el fondo, un hombre le preguntó: «¿Usted siembra?».
La mujer titubeó unos segundos. Después, con la voz temblorosa, contestó: «Sí siembro, pero nunca he pedido fertilizante, yo lo compraba».
Los gritos de los asistentes crecieron. La bulla, el abucheo, los reclamos, el ambiente que antes era complicado, ahora parecía incendiario.
«El fertilizante le va a llegar a todos», expresó nuevamente aquella mujer de cabello esponjado, en un último intento por apaciguar a los productores.
«¿Cuándo?», le cuestionaron, pero no pudo dar una respuesta.
«¡Es puro atole con el dedo!, ¡los vamos a tomar a ustedes y después nos vamos a cerrar la carretera!», gritó un campesino y su propuesta fue respaldada por todos los demás.
«¡Óigame!, ¡por favor!, ¡escúchenme! El fertilizante va a llegar, hay mucho fertilizante», gritó de manera desesperada, pero nadie la escuchó.
«¡Ustedes no escuchan, no escuchan!», reprochó la mujer.
«Si cierran la carretera no va a poder llegar el fertilizante», les advirtió el delegado regional Andrés Nieto Cuevas.
También a él lo ignoraron. El círculo de campesinos se cerró en torno suyo.
En ese momento, cuando parecía que todo se salía de control, intervino el alcalde Juan Mendoza Acosta.
«El relajo ya está hecho, hay mucha inconformidad. Nosotros queremos que le haga una llamada a Pablo Amílcar y que él se comprometa con los campesinos. A lo mejor usted no tiene la decisión, pero él sí», propuso el alcalde en un tono tranquilizador.
La servidora de la nación agachó la mirada. A cada comentario, hacía un movimiento negativo con la cabeza y con el dedo índice de la mano derecha.
«Si en sus manos está que llegue el fertilizante, dígannos. Pero no traten de vernos la cara de tontos porque no la tenemos. No le sigan mintiendo a la gente. Los siervos de la nación le están haciendo daño a la gente», expuso otro comisario.
El delegado regional Andrés Nieto Cuevas volvió a sacar su celular. Una llamada, dos llamadas, tres, cuatro, cinco.
De nueva cuenta, nadie le contestó.
La amenaza se había hecho y sería cumplida.
«¡Aquí se quedan con nosotros!, ¡vamos a encerrarlos!», gritaron los cientos de campesinos mientras llevaban a Andrés Nieto a un viejo salón que antes sirvió como oficinas de la Conasupo.
Desde ahí dentro siguió llamando, siguió intentando, pero Pablo Amílcar Sandoval Ballesteros no le contestó.
A las 2:40 de la tarde, el coordinador general del gobierno federal salió de una reunión con mezcaleros que se realizó en Chilpancingo.
En una breve entrevista, se le preguntó sobre la situación en San Miguel Totolapan y la retención de Nieto Cuevas a manos de los campesinos.
«Todavía no tengo información», dijo el funcionario federal. Para ese momento, Nieto Cuevas llevaba una hora y media retenido.
Las horas pasaron. A las seis de la tarde el delegado regional ya podía entrar y salir de esa vieja aula que sirvió como cárcel, pero no podía retirarse del lugar.
Escuetamente le confirmó a algunos reporteros que Pablo Amílcar Sandoval Ballesteros nunca le tomó la llamada.
Ya habían pasado cinco horas desde el primer intento. El delegado regional comprendió que pasaría la noche retenido en ese lugar.

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